sábado, 23 de diciembre de 2017

América Latina: fin de año turbulento

Las de Honduras y Argentina son turbulencias que nos recuerdan que es un hecho el retorno de la derecha en el continente, y que la violencia que en ellas se vive es producto de sus maquinaciones.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica


Honduras y Argentina nos dejan a los latinoamericanos un fin de año turbulento en política. No son los únicos, porque ahí está Perú y la lucha entre fujimoristas y las huestes de Pedro Pablo Kuczyski; o Chile con la victoria del derechista Sebastián Piñera ante la incapacidad de unión de la izquierda; o Venezuela, en la que el chavismo sigue afianzándose en el poder por la vía electoral frente a una oposición incapaz que solo sabe apostar por el apoyo de Washington; o Brasil, en donde Lula parece enrumbarse hacia una nueva victoria electoral en 2018.

Pero Honduras y Argentina ponen en evidencia situaciones que deben preocuparnos. El primero por varias razones. En primer lugar, porque evidencia cómo Centroamérica, especialmente Honduras, sigue siendo un espacio en el que los Estados Unidos no están dispuestos a ceder ni un milímetro; no lo hizo la administración de Barak Obama y su entonces secretaria de Estado, Hilary Clinton, en 2009, y menos lo hará el plutócrata Donald Trump en el 2017.

Honduras fue un estado-nación articulado alrededor del enclave bananero -el estado Banana Republic por excelencia-, y es hoy un enclave de la presencia militar norteamericana desde el que domina, como un balcón sobre la plaza, el mare nostrum que es el Caribe, Centroamérica y sus canales interoceánicos reales y virtuales en Panamá y Nicaragua.

Es la muestra fehaciente que los Estados Unidos jamás dejaron de tener el ojo puesto en esta región que le es estratégicamente vital, aún en aquellos momentos relativamente recientes en los que había quienes consideraban que, entretenidos en el Oriente Medio, dejaban de mirar hacia América latina y eso posibilitaba el surgimiento de gobiernos nacional-populares que le hacían frente y se movían con veleidades de independencia frente a sus designios.

Honduras es, seguramente, el Estado que más se aproxima a la caracterización de “fallido” en América Latina. La violencia que se ha desatado después de las elecciones no proviene solamente, ni en primer lugar, del descontento popular por la manipulación de los resultados; amplias zonas del país no están controladas ni por el gobierno ni por la oposición sino por las maras, que en una situación de confrontación hacen su agosto desatando una violencia encarnizada de la que sacan réditos económicos y territoriales.

En estas circunstancias, Honduras es un verdadero caos, un país en el que todos salen perdiendo, los que estafaron y los estafados; los que participaron y los que no participaron; los de adentro y los de afuera. Hay en ella un proceso de descomposición política y social que se profundiza cada vez más desde el 2009, y parece llevar a una confrontación cada vez más aguda y permanente; una espiral que, como muestra su vecina Guatemala, puede llevar a situaciones de las que luego es difícil salir; más aún, de las que es difícil restañar las heridas.

Y Argentina, por su parte, culmina el año con una situación de turbulencia violenta como no había tenido desde aquellos lejanos años de principios del milenio, cuando las masas salieron a las calles bajo el grito que se vayan todos, poco después que el presidente Fernando de la Rúa huyera en helicóptero de la Casa Rosada y las calles de Buenos Aires se alfombraran con piedras, se incendiaran con bombas molotov y se cortaran con barricadas hechas con escombros y amueblamiento urbano.

Hoy, volvemos a ver un cuadro parecido cuando el gobierno del empresario derechista Mauricio Macri, envalentonado por su victoria en las recientes elecciones legislativas, ha decidido pasar la aplanadora con una serie de leyes que atacan a los más vulnerables, en este caso a los jubilados, a quienes se les rebajan las pensiones.

Las de Honduras y Argentina son turbulencias que nos recuerdan que es un hecho el retorno de la derecha en el continente, y que la violencia que en ellas se vive es producto de sus maquinaciones.

No son buenos tiempos; sobre todo, teniendo en el norte la figura del tuitero máximo quien, a golpe de tambor, lanza al aire sus trogloditas gritos de guerra. Ojalá salgamos más o menos indemnes de esta nueva etapa de retroceso político y social.

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